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miércoles, 26 de diciembre de 2012

La vida es sueño

 

sueños

Se despertó. Eran las siete y se levantó. Entraba a las nueve y había un buen trecho hasta la oficina. Después del desayuno frugal, salió camino del autobús.

Llegó pronto, eran las nueve menos diez. Y, asombrado, se encontró con la oficina cerrada. No era normal. Siempre había gente que venía antes. Además, el conserje entraba a las ocho. Decidió bajar al portal y esperar.

Después de veinte minutos, llamó a Laura, a Jesús, a Luisa, a todos los teléfonos de compañeros que tenía. Ninguno contestó. Siguió esperando, eran ya las diez y no sabía qué hacer, cuando a lo lejos vio que venía su jefe.

--Horacio, ¿qué hace aquí?

--Que, ¿qué hago aquí? Lo de siempre, he venido a trabajar.

--Pero, si hemos cerrado, yo mismo se lo comuniqué ayer y le di el finiquito.

Se quedó en blanco, sin decir nada, anonadado por la noticia.

En ese momento sonó el despertador. Se había vuelto a dormir. Encharcado en sudor y con desasosiego miró el reloj. Eran ya las ocho y cuarto, hoy por primera vez llegaría tarde a la oficina. Una pesadilla tremenda, pero una pesadilla, ¡menos mal!

En la mesilla de noche todavía quedaba la causa de su sueño. Un libro, “La vida es sueño”, que le había tenido despierto, leyéndolo, hasta las tantas.

No hay nada más peligroso que soñar soñando, pensó.

 

Más sueños en casa de Teresa

jueves, 13 de diciembre de 2012

¡Se vende!

 

Se vende

Siguiendo la consigna de este jueves, este relato ha sido escrito a cuatro manos, Rafa y Gaby, uniendo orillas e imaginación.

 

"Están vendiendo el amor y la alegría

lo anuncian con luces de mercurio

y una música miente

la fabulosa leyenda

de lo eterno.

He de entrar,

y si queda aún, me llevaré

un metro de amor y un par de risas"

(Jorge Arbeleche)

 

No sabía bien si por ingenuidad o necesidad, seguía buscando esa tienda milagrosa donde se compra lo inmaterial. Nada de artefactos ni tecnicismos, nada manual ni artesanal, a veces es el alma la que precisa ser obsequiada con un puñado de razones y un retazo de aliento, y si es posible, con aire del mar.

Las calles tan grises, iban cobrando matices de la tarde -una tarde que se desprendía del cielo con destellos y fulgores. El andar cansino parecía teñirse de cierto optimismo y la mirada se iba reanimando al dejarse llevar por las vidrieras de los comercios, presintiendo tal vez, que llegaría al dichoso escaparate que pusiera fin a mi búsqueda. Y allí le vi... con el cartel de "SE VENDE"...  Sin dudas hay emociones que no tienen precio.

Tuve un momento de dudas. Me encontraba parado en la puerta. Mis piernas estaban totalmente inmóviles, mi cerebro no era capaz de ordenar qué debían hacer.

Conseguí entrar a duras penas. Y pude ver lo que allá había. A un lado, ánforas blancas con carteles pequeños donde se podía leer: Paciencia, Emoción, Amor, Solidaridad, Felicidad. Al otro, vasijas anchas de color negro con rótulos chicos: Envidia, Odio, Desesperación, Desventura, Egoísmo.

Y al fondo un mostrador con un dependiente. Me acerqué y le pregunté el precio.

Todo costaba lo mismo, un gramo valía un día de vida, pero la compra de cualquier elemento de las ánforas blancas llevaba consigo, obligatoriamente, la misma cantidad de las vasijas negras. Esa era la oferta explicaba el empleado. Una venta justa, me dijo.

Siempre recordaré ese sueño. Me hizo comprender tantas cosas…

Rafa y Gaby

Otros relatos “se vende” a cuatro manos en casa de San

jueves, 8 de noviembre de 2012

Volvemos en seis minutos…

Seis minutos

Siempre igual. Y no lo conseguía. No sabía cómo, pero llegaba tarde. Parecía mentira que otros con peor apariencia fueran más rápidos. Siempre se perdía algo de la película. La puñetera próstata.

Estaba harto de levantarse rápido para llegar más tarde. Y es que todos esperaban los anuncios de la tele para ir al baño. Para ir al único baño que había en el asilo.

Bastaba que apareciera el “volvemos en seis minutos” y todos al váter. Llegaba y siempre encontraba, delante de él, a otros tres o cuatro ancianos que esperaban su turno. ¡Maldita gracia! Cuando volvía a la sala de la televisión, ya hacía unos minutos que se había reanudado la película.

Tenía que hacer algo. Era una cuestión de principios. Todos los días lo mismo. Necesitaba demostrarse, a sí mismo, que podía hacerlo.

Un día, cuando apareció el anuncio “volvemos en seis minutos”, se oyó un grito: ¡Fuego! Los ancianos se dirigieron asustados a la puerta. Él, consciente de su travesura, se levantó con tranquilidad y fue al baño, sabedor de que en esta ocasión podría ver su película favorita entera. Por una vez lo había conseguido.

 

Más historias de la tele en casa de Juliano

miércoles, 31 de octubre de 2012

Halloblogween 2012

Halloblogween.2012

El día de los Muertos

Dicen que todos los días uno de noviembre se acercaba al cementerio. Y que caminaba por él, en busca de dos o tres  lápidas. Se paraba delante de  una y depositaba un ramo de crisantemos y de rosas rojas. Después de arrodillarse y rezar durante unos minutos, se levantaba y seguía su camino, hasta la siguiente.

Había gente que lo veía venir, año tras años, y que se extrañaba de que cada año eligiera distintas lápidas para depositar sus flores. Unos decían que era un loco. Otros pensaban que cumplía una promesa. Algunos creían que era una especie de recadero de los que no podían visitar ese día el lugar, y querían dejar su homenaje a alguna persona querida.

Pasaron más de treinta años y la ceremonia se repetía. Y llegó un día en que los asiduos al cementerio lo echaron de menos. ¿Qué habría pasado? ¿Estaría enfermo? ¿Se habría ido de la ciudad?

Ese año vieron a mucha gente que llevaba una calabaza en la cabeza dirigirse hacia la zona nueva del cementerio. Un curioso les siguió y llegó hasta una tumba. Se abrió paso entre varios de los disfrazados y pudo leer el epitafio:

Aquí yace quien honró a sus muertos. Los maté pero los recé.

Fui un criminal con corazón. Hoy me ha llegado la hora.

Espero que ellos me devuelvan la visita.

Y en una hoja de periódico plastificada, pegada a la lápida, se podía leer este titular:

Ha fallecido Francisco García Rodríguez, conocido como “El Halloween”, presunto jefe de la mafia local, a quien se le atribuye decenas de asesinatos.

 

Más historias de Halloween en casa de Teresa

jueves, 25 de octubre de 2012

Colores

colores

Sentía los colores de forma especial. El verde de los prados y campos, y de muchos mares. Era capaz de percibir el azul del firmamento despejado y del Mediterráneo. Ese rojo amapola y de sangre de toro. El amarillo que desprende el sol con el que riega los montes. El blanco de la nieve y de la leche, y el gris de los otoños lluviosos.

Se había dedicado toda su vida a descubrirlos. Y lo había conseguido. Hoy podía reconocer la alegría o la tristeza por el color que percibía. Fueron muchos años de estudio, de amor a los colores, pero estaba satisfecho, había llegado a las entrañas del arco iris.

Bastaba que alguien le describiera el color matizado de cualquier ser vivo para descubrir si estaba enfermo o sano, si necesitaba de algún remedio o no. Su destreza le hacía pasar por un decorador adelantado, siempre era capaz de aconsejar, con acierto, qué colores deberían dominar en una estancia, en una fachada de una casa o en un parque de la ciudad.

Era considerado un experto. Y todo lo debía al estudio y la intuición, y a su interés. Había traspasado el mundo de los sentidos y había aprendido a dominar y a amar los colores, a pesar de su ceguera.

 

Más relatos sobre colores en el Daily Planet’s

jueves, 18 de octubre de 2012

De libros

libroelectronico

Sus hijos le regalaron un lector electrónico de libros. Le dijeron que era lo mejor para un lector compulsivo como él. Tenía aplicaciones que superaban con creces la simple lectura. Diccionario, posibilidad de subrayar o de tomar notas, y sobre todo ahorro de espacio. Un espacio que ocupan los libros de papel. Una maravilla. La posibilidad de tener más de mil libros en un formato de 17 x 11 x 0,8. ¿Se puede mejorar?

Todo eran ventajas. Así es que el buen hombre decidió aprender a manejar el artefacto. Fácil, era increíblemente fácil. Tipos de letra distintos, más comprensibles, cuerpo mayor que facilitaba la lectura, y a leer.

El lector venia con 50 libros clásicos. Así es que sin más dilación, se dispuso a utilizarlo. Estaba encantado. Eligió La Regenta. Hacía tiempo que quería releerla. Y empezó con avidez. Le pareció maravilloso. Era magia, un pequeño rectángulo que podía contener la ilusión de cientos de libros. Se leía bien. Un invento útil. ¡Una maravilla!

Apenas llevaba cuatro páginas y Vetusta le pareció distinta, y la novela, otra novela. Le faltaba algo. Recordaba el tacto de los libros de papel, esas hojas que se resisten a que las pasemos, y, ese olor de libro recién abierto ¿dónde estaba? Empezó a pensar en la edición de 1930 que tenía en su librería, con pastas duras y con hojas deterioradas. Y se paró. Trato de abrazar ese artefacto pero no sintió nada. Era frío. Y se dio cuenta.

Dejó el lector en la mesilla y se dirigió a la biblioteca. De allí arranco el ejemplar de La Regenta y lo abrazó. Lo olió y lo toco. Y empezó a leer, con lágrimas en los ojos:

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte…

 

Mas historias de libros en casa de Rochie

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mirada retrospectiva

 

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Había llegado al pueblo de mi abuela, como en otros veranos. Un pueblo que cruza el río Badiel, al que mi hermano y yo íbamos a pescar cangrejos. Tendría por aquella época unos seis o siete años y mi hermano tres más.

Era una actividad reconfortante, había que meterse en el río para atraparlos. Después, nuestra madre se preocupaba de cocinarlos y nosotros compartíamos el festín.

No tenía gran dificultad la tarea. Bastaba llevarse un cesto de mimbre grande, se colocaba en medio del río en contra de la corriente, cubría poco, cuarenta o cincuenta centímetros, uno lo sujetaba y el otro venía unos metros pisando con fuerza, lo que hacía que los cangrejos asustados corrieran a favor de la corriente, encontrándose dentro del cesto apresados. Bastaba sacar el cesto y allí estaban los cangrejos vivos que habían caído en la trampa. Se vaciaban en una bolsa y a seguir con el cuento.

Pero también había otra manera. Muchos cangrejos se encontraban en sus guaridas, agujeros que podías ver en las paredes del río. Entonces mi hermano, mayor y con más astucia que yo, me decía:

Anda Rafa mete la mano, tú que la tienes más pequeña y entra mejor, ya verás, no pasa nada.

Sí que pasaba, y el que caía en la trampa era yo, que en muchas ocasiones sacaba la mano, chillando, con un cangrejo colgando de algún dedo. Y así pesqué unos cuantos. Cada vez que ocurría, mi querido hermano se reía y me lanzaba piropos por ser un gran pescador. Su mayor edad y su desparpajo hicieron que picara una vez tras otra.

A pesar de todo, o quizá por esas pequeñas cosas, nunca olvidaré, el olor del camino del río, a espliego, a moras, a higos y a huerta. Y aquellos cangrejos que cocinaba mi madre, acompañados de una salsa picante. Una delicia.

Para seguir echando la vista atrás, visitad a Pepe

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Teatro, máscaras y apariencias

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Había sido actor. Llegó a alcanzar una cierta fama, gracias a sus dotes dramáticas. Pero aunque tenía un físico que le acompañaba, su atracción amorosa la consiguió sobre todo por su voz, por su forma de hablar. Con acento tierno pero resuelto, había doblado a los mayores amantes de la historia del cine. Gary Grant, James Steward, Clark Gable, entre otros.

Las mujeres le admiraban, más de una se había prendado de él. Recibía decenas de cartas a diario que le solicitaban una cita, un beso, una noche inolvidable. Nunca se supo si alguna tuvo respuesta.

Un día fatal, conduciendo su Lamborghini se salió de la carretera en una curva, muriendo al instante. Muchas mujeres le lloraron amargamente, su muerte fue un duelo nacional. En la plenitud de la vida había desaparecido el mito.

Los estudios de cine donde trabajaba instalaron la capilla ardiente en uno de sus amplias salas. Fueron muchos los que por amor, por curiosidad o por ambas cosas, pasaron a tributarle el último homenaje.

Al día siguiente se celebró el sepelio. Una vez enterrado, un amigo abogado se dirigió a la multitud asistente:

‘Con su permiso quisiera leerles una carta que dejó Martín para ustedes’

A mi público:

Que nadie crea que esto ha sido un accidente. Fui yo el causante de mi muerte. No podía aguantar más. He vivido una vida falsa, he vivido otra vida. He querido mantener una situación insostenible y hasta aquí he llegado.

Podía haber seguido engañándoles, pero ha llegado el momento de sincerarme. Y perdónenme por todo. Pero la cuerda de la mentira me apretaba demasiado. Mantener lo que no fui me era ya imposible. No hubiera podido decírselo en vida. Mi voz grave y mis movimientos varoniles me ayudaron; pero soy, era, fui una mujer.

Martina

 

Más teatro, máscaras y apariencias en casa de Neo

jueves, 13 de septiembre de 2012

Ojo por ojo…

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Era la primera vez que iba allí. Lo hice por curiosidad. Me habían dicho que había cambiado la fiesta. Que ya no era igual. Que valía la pena vivirla.

Me apresuré y llegué temprano. Eran las diez de la mañana. Hacía fresco pero el sol brillaba y amenazaba con ser un día caluroso. Aparqué en la plaza Mayor. Busqué un bar. ¡Qué raro! Todos estaban cerrados. En plenas fiestas y tampoco había nadie por las calles.

Llegue hasta la Iglesia románica que también estaba cerrada. Decidí dar una vuelta por el pueblo. Ni un alma. No podía ser. Entonces, me acerqué a donde se celebraba el festejo. Subí una cuesta, siguiendo las indicaciones que llevaban hasta ese lugar.

Por fin, llegué al campo donde se realizaba el espectáculo. Un prado grande, como un campo de fútbol amurallado con piedras. Tampoco había nadie. Ni un ruido. Todo estaba tranquilo.

De repente oí una estampida. Y vi aparecer a lo lejos una manada de toros que se acercaban a gran velocidad. Apenas tuve tiempo de subirme a un árbol.

Desde allí, divisé a cuatro o cinco cabestros que empujaban a una persona hasta dentro del prado. Le dejaron en el centro, mientras aparecían decenas de toros bravos que empezaron a cornearle sin piedad. Casi no podía creer lo que pasaba. El hombre que era cruelmente empitonado llevaba un cartel que ponía: La vida al revés.

Sonó el despertador. Me di cuenta de que era el día que se celebraba la fiesta del Toro de la Vega. Y, por un momento, lamenté que aquello hubiera sido un sueño.

 

Más historias vengativas en casa de Teresa

jueves, 23 de agosto de 2012

Fotografía inspiradora: Una taza de café

Taza de café

Esperaba con impaciencia. Había pedido una taza de café. Leía el periódico, mientras el Café se iba llenando de gente. A las cinco, esa era la hora. Eran menos tres minutos. No la conocía, se trataba de una cita a ciegas. Sin embargo, algo le decía que había valido la pena. En Internet, allí la había conocido.

Las cinco y cinco. Una mujer se acercó a su mesa. Le miró y le preguntó la hora. A continuación, se sentó. Cuando llegó el camarero, ella, con voz firme, pidió: Dos tazas de café, por favor. La miró y le dijo: No tomo café a estas horas, no podría dormir. Ella, le cogió la mano y mirándole a los ojos, le dijo: No seas tímido. De eso se trata.

Desde entonces, con o sin ella, toma una taza de café a las cinco, todos los días. Y duerme de un tirón.

 

Más tazas de café en casa de Mª José

jueves, 16 de agosto de 2012

El calor



Todos los años esperaba que llegara el verano. Ese tiempo que le hacía salir de la rutina. Un tiempo de ocio, de vacaciones, de cambiar el ritmo, de descansar. Sólo había un problema: el calor. Su enemigo acérrimo, no podía con él.

Pero este verano sería distinto, había decidido instalar el aire acondicionado en casa. Claro que esos gastos tenían que salir de algún sitio. Así es que Luis decidió cambiar comodidad por viaje de vacaciones. Se quedaría en casa, pero a cambio, finalmente, tendría un verano agradable, sin calor.

Dicho y hecho, se lo instalaron. Aquel día, empezaba sus vacaciones. Volvía soñando con ese aire fresco. Entró en la casa, y sin tan siquiera ponerse cómodo, se dirigió al interruptor del aire y pulsó el ‘on’. Pasaron diez segundos, veinte, un minuto, dos, pero el aparato no funcionó. Desesperado se lanzó sobre el teléfono y marcó el número de la tienda donde lo había comprado. No contestaron, eran las nueve de la noche y estaba cerrada.

Pasó la noche despierto, soñando con el aire que le habían instalado pero que había faltado a la cita. Al día siguiente a las diez de la mañana llamó a la tienda. A la sexta llamada colgó y volvió a intentarlo. Nada, no contestaban. Frenético, impaciente y cabreado se vistió y se dirigió allí.

La sorpresa cuando llegó fue mayúscula, apenas su ira le dejó leer un letrero que habían colocado: CERRADO POR REFORMAS, DESDE HOY 15 DE JULIO HASTA EL 15 DE SEPTIEMBRE, PARA CUALQUIER GESTIÓN ESPEREN HASTA ESE DÍA. GRACIAS.


Para más historia sobre el calor, vayan a casa de Mari Jose

jueves, 9 de agosto de 2012

Recuerdos, sueños, pensamientos

Recuerdos

Era una tarde de invierno. Nos encontrábamos en clase de Antropología Social. Estudiaba en la Complutense. En esos años, la Transición española era considerada por casi todos como un éxito. Hablaban de reconciliación. Yo más bien creía que había sido una claudicación.

Allí sentados, mientras que el profesor nos explicaba los valores de una determinada cultura amazónica, alguien entró sofocado y dijo:

“La guardia civil acaba de tomar el Congreso de los Diputados”

Nos miramos, incrédulos ante ese aviso. Oscar y yo nos levantamos y fuimos a la cafetería, allí ya se estaba comentando el hecho. Se hablaba de una nueva dictadura, de la vuelta al régimen anterior. Las noticias eran confusas y los bedeles anunciaban que se cerraba la Facultad.

Margarita nos acercó con su coche a Moncloa, y allí Oscar tiró para su casa y yo me dispuse a tomar el autobús hasta la mía. Vi pasar un grupo de exaltados con la bandera franquista que, desde la otra acera, gritaban vítores al ejército y a la guardia civil. Al verme, me dijeron:

Pronto te vamos a cortar la barba, esa barba de rojo que te delata.

Me estremecí y creí por un momento que iban a cruzar, pero no, siguieron su camino cantando canciones franquistas y falangista. Llegó el autobús y subí.

En el trayecto me dio tiempo para pensar. Volvíamos al pasado. Otra vez, el país en blanco y negro. ¿Podría vivir esa nueva etapa oscura? Nuestros sueños de nuevo se fueron al garete. Llegué a casa, donde Lola, con mis hijos estaba esperándome impaciente y con la tele puesta.

Este país no tiene futuro, le dije. Si esto triunfa nos vamos a Italia. Aquí ya no podremos vivir.

Fue una noche confusa, pero entendimos que todo había sido un susto cuando empezamos a ver salir guardia civiles por la ventana del Congreso. Se entregaban sin condiciones.

Entonces, entendí que todavía había un peligro grave. Que era posible un retroceso real, una involución. Pero también, que había que quedarse, porque este era mi sitio, a pesar de todo.

 

Más recuerdos… en casa de Mari Jose

jueves, 2 de agosto de 2012

El tiempo en el tiempo

El tiempo

Ni tan siquiera era por sobrevivir. Simplemente quería conocer como se regía el tiempo. El Tiempo, con mayúsculas. Se había dado cuenta de que era lo único que no se podía parar. Lo único que caminaba con paso firme y constante. Le fascinaba el Tiempo.

Sólo por el tic-tac de los relojes se sentía vivo. Eran campanadas de vida que le recordaban que él estaba allí. No podía continuar sin saber como funcionaba, por qué, qué movía al Tiempo era su obsesión y como tal se dispuso a conocerlo.

Estudió en bibliotecas, libros sobre el Tiempo. Nada nuevo, algo inalcanzable, algo irreversible, algo mágico, pero los grandes estudiosos no se movían de ahí. Así es que decidió dar un paso más y empezó a consultar libros esotéricos.

Todo fue en vano, le comunicaban, supuestamente, qué pasaría si el tiempo se paraba, que fórmulas vanas había para volver a un tiempo pasado, cómo los relojes no eran sino sus guardianes que necesitaban hacer ruido para permanecer despiertos y sentirse vivos.

Sólo un libro le llamó la atención. Y simplemente su última frase:

Los secretos del tiempo están ocultos en la cueva de Cronos.

No lo dudó. Dejó todo. Vendió todo. Saco lo suficiente para iniciar el gran viaje. Y se dirigió allí.

Fue un viaje lleno de penalidades, de dificultades. Nadie sabía nada sobre esa cueva. Y tuvo que guiarse por el instinto. Dio vueltas, volvió sobre sus pasos para empezar de nuevo. Y así llegó a enloquecer. Todo su afán era buscar una cueva que nadie conocía, que a nadie interesaba. Solo, anduvo deambulando por medio mundo. Cada noche terminaba cansado, dormía cómo y dónde podía para amanecer con más ganas de buscar ese secreto.

Un día enfermó gravemente. No pudo levantarse, la fiebre se apoderó de él, su cuerpo permaneció inerte. Se dio media vuelta y pudo ver con lucidez que se encontraba en su casa de siempre, en su alcoba, junto a sus relojes, junto a su tiempo. Sin fuerzas, alargó el brazo hasta el libro que le había servido de guía y que estaba en su mesilla de noche.

Lo abrió de nuevo, y pudo leer de nueva esa frase: “Los secretos del tiempo están ocultos en la cueva de Cronos”. Y, después, algo que no leyó la vez anterior: El tiempo es tu tiempo, no hay otro. y en un ataque de lucidez, se dio cuenta de dónde estaba la cueva y de su secreto. Y a Juan Cronos Ramírez, se le acabó su Tiempo.

miércoles, 18 de julio de 2012

La curiosidad mató al gato

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Siempre alerta. Era la vecina que más sabía de todos. Se la veía paseando, o simplemente en el portal. Cuando alguien pasaba se quedaba mirando, pensando, con los ojos fijos. Nadie le aguantaba la mirada. Una mirada intensa que penetraba.

No se conocía su verdadera ocupación. Es más, se diría que era chafardera profesional, cotilla a tiempo completo. Siempre en la calle, siempre escrutando a los vecinos. Su tarea le había hecho acreedora de su mote: La Chismosa.

Si algún vecino quería saber algo de alguien, se dirigía a ella. Y la Chismosa se deleitaba contestando y adornando la respuesta con soltura. A veces con malicia, otras con simple desparpajo, pero siempre disfrutando de su saber.

Hoy, la echamos de menos. ¿Quién lo iba a decir? Tanta curiosidad por los demás, y… Se marchó del barrio, y lo hizo cuando le dijeron lo que todo el mundo sabía y sólo ella desconocía. Tanto cotillear para luego tener que tragarse su propia medicina.

Su marido la engañaba con más de una vecina. Fue la única que no se enteró. Ella, la Chismosa. Fue tan grande el shock que se marchó sin despedirse. No pudo resistir el golpe. Su prestigio había quedado por los suelos. Seguramente, ocupada por descubrir los secretos de los demás, se olvidó de mirar lo más cercano.

 

Otras curiosidades en casa de Teresa

jueves, 12 de julio de 2012

El cinco es mi vida

Cinco

Siempre tuve amor por los números. No me importa reconocerlo. Dicen que es una obsesión, pero no, yo he sustituido el amor humano por el amor perfecto, el numérico.

Todo tiene relación. Todo se cuenta. Todo es numerable. Lo que dicen que no es numerable lo llaman infinito, pero no es sino la forma de expresar la incapacidad de la mente humana para ir más allá de ciertos límites.

Los números, aunque casi nadie lo sepa, están vivos. Me hablan, son capaces de producirme placer, llanto o simplemente diversión. Son mis amigos, mi gente. Hace años que no hago otra cosa que vivir entre ellos.estrella-de-mar

Pero no todos los números son iguales. Yo tengo debilidad por los números primos. Sí, ya sé que no se relacionan con otros, por eso los quiero, son como yo, solamente sirven para mirarse en un espejo y no comparten nada con nadie, salvo con el número uno que para eso es el número uno.

Y dentro de los primos, enseguida encontré el que me apasiona. Su tabla de multiplicar es como un poema. En la escuela la cantaba con placer. Me refiero al cinco.

¿Qué sería de nosotros sin el cinco? No existiría el pentagrama. ¿Cómo pronunciaríamos sin las cinco vocales? Sin Pentateuco no habría Biblia ni Torá. Muchas flores carecerían de esos cinco pétalos tan bellos. ¿Alguien se imagina una estrella de mar que no tenga cinco brazos? ¿Y la vida? ¿Valdría la pena si los sentidos no fueran cinco?

Horca

Y es que donde haya un cinco… También tiene que ver con mi estado actual. No todo el mundo me entendía ni me entiende. Y fueron cinco los que me llamaron locos. Los que se burlaban, se reían de mí, constantemente. No lo podía aceptar.

Esperé al día cinco del mes cinco y agarrando una horca de cinco puntas terminé con los cinco. Se lo tenían merecido. Hoy, han pasado cinco años, me levanto a las cinco de la mañana y rezo encerrado en esta habitación cinco veces al día por el alma de aquellos cinco desgraciados. Pero no me arrepiento, no tuve más remedio, tenía que defender al cinco, con mis cinco sentidos.

 

Más historias sobre el Cinco en casa de Juan Carlos

miércoles, 4 de julio de 2012

Tus fantasías secretas

Fantasías secretas

Y ahí estoy mirando otra vez por la ventana. La luna, hoy traidora, me llevó a ti. Fue, es, será inolvidable. Un hecho de amor único e insuperable. Hoy, sólo puedo añorarte, pensar en ti, sentir tu piel, vibrar sudando y sin embargo, que lejos quedas.

Nunca podré perdonarme haberte perdido. Porque hoy mis sueños sólo los cubres tú. No puedo evitarlo. Daría mi vida por rozarte. Y no obstante, qué lejos estás, a pesar de que estoy todavía dentro de ti.

Sé que no volverán aquellos días, el tiempo pasa inexorablemente. Sin embargo, nunca te has apartado de mí, tus ojos, tu pelo, tus piernas, tu vientre, todo tu cuerpo lo tengo grabado y lo recorro día y noche, implorando que sea verdad.

Te siento cerca. Muy cerca. A pesar de que me han confirmado la sentencia: treinta años y un día. No me bastarán para olvidarte.

 

Más fantasías secretas en casa de San

jueves, 28 de junio de 2012

En los zapatos del otro

ZAPATO Mujer

Había salido de un periodo difícil, estaba rehaciendo su vida. Después de mucho tiempo decidió cambiar, ser más sociable, y aceptó una invitación para ese martes de Carnaval. Nunca le habían gustado las fiestas, siempre prefirió la soledad. Recordaba los reproches de su exmujer: ‘Armando eres asocial, no te relacionas con nadie’.

Tenía que cambiar y decidió intentarlo. Solo y sin compromiso, todavía joven, quería pasar página y  convertirse en un ser más extrovertido. Estaba decidido a que esa fiesta fuera el comienzo de una nueva vida.

Decidió travestirse, con un traje de noche blanco, de gasas, maquillado y con una peluca rubia. Salió tambaleándose, nunca pensó que fuera tan difícil mantener el equilibrio con esos zapatos de tacón. Consiguió llegar al portal donde le esperaba un taxi.

Cuando entró en la fiesta causó sensación. Gente conocida le felicitó. Era un disfraz perfecto. Parecía una mujer. Y él, sin saber por qué, se encontró a gusto. Estaba locuaz, simpático, liderando la conversación de un grupito que había reunido, y que le seguía gratamente. ¿Qué le pasaba?, ni él mismo se reconocía. Era otra persona, hablaba sin parar, escuchaba a los demás, tenía la palabra justa y un humor impropio de su persona. Sus contertulios estaban encantados, reían sus gracias y seguían su conversación muy interesados. Algo había cambiado radicalmente.

Fue entonces, estaba disfrutando de ese misterioso cambio tan favorable, cuando se acercó una mujer al grupo: ‘Armando, querido, desde cuando te pones mis zapatos. No sabía que tuvieras esas inclinaciones. Nunca pensé que llegaras a esos extremos.’

‘Es Laura, mi ex’, explicó, balbuceando.

 

Más historias de otros zapatos, en casa de Gastón

jueves, 21 de junio de 2012

Mis jueves

Mis jueves

El jueves siempre fue para mí, un día más. Los lunes eran días malos, la vuelta al trabajo, después del fin de semana, no dejaba de romperte el ritmo cuando lo que deseaba uno era ejercer de vago. Los viernes y los sábados siempre fueron mis días preferidos. El viernes olía a fin de semana y se palpaba el ocio. Y el sábado era el mejor día, se disfrutaba, se descansaba y además era fundamental saber que todavía quedaban veinticuatro horas –el domingo—, antes de volver al suplicio.

Así pensaba antes, cuando tenía obligaciones. Hoy que ya ha acabado mi vida laboral, una de las grandes ventajas que encuentro es que todos los días son iguales. Para mí, siempre es domingo o fiesta, por tanto, tengo poco interés en saber en qué día vivo. Es más, muchas veces debo hacer un esfuerzo para adivinarlo.

Pero sí que tengo un día especial en la semana: el jueves. El jueves dedico un poco de tiempo a juntar letras, ese día pretendo salirme de mi cita habitual con la blogosfera. Y, además de escribir sobre política --lo que hago todos los días en mi otro blog--, encuentro un hueco preciado para hablar del tema del jueves. Temas diversos. Es el momento juevero.

Es un virus, sin duda. Y cuidado que se contagia. Yo sé quien me lo pegó. Se llama Mónica y se hace llamar Neogeminis. Es la culpable. La sigo desde hace bastante tiempo. Me gusta mucho como escribe y ella siempre ha sido fiel a su cita juevera. Y debió ser hace unos tres meses cuando éste virus me alcanzó y decidí,escribir algo más que de política. Juntar palabras para hablar sobre un tema. El que sea. Es una forma de hacer un ejercicio y, aunque no tenga el talento de otros, me gusta y me acerca a los demás jueveros.

Por eso estoy aquí, por eso existe este blog. Por eso estoy empezando a conocer a otras gentes locas por los jueves. Y recuerden, del contenido me hago responsable, pero de estar aquí, de ser juevero, mucha culpa la tiene Mónica. Ella me lo ha contagiado.

Más sensaciones jueveras en The Daily Planet’s Bloggers

jueves, 31 de mayo de 2012

En la quietud de la noche

quietud de la noche

Soy noctámbulo. Amo la noche, no sé por qué. Para mí, la oscuridad es mi abrigo, las estrellas mis amigas, la luna mi guía. Mi mundo es lo que puedo abarcar con la vista, por la noche.

Soy tímido, apenas tengo amigos. No pido mucho. Espero el momento en que se pone el sol. Siempre igual. Doy un paseo, me recreo con lo que veo. Los colores durante esas horas cambian radicalmente. Las personas parecen más tranquilas, más enigmáticas. La luna les da otro lustre y la quietud de la noche me hace feliz. Y repito ese hábito, un día tras otro.

Sólo hay un día cada cierto tiempo, en el que me gustaría no amar la noche. En el que es la noche la que me domina. No sé lo que me pasa, no recuerdo nada, pero cuando me despierto al día siguiente, me siento cansado, sucio, con sentimiento de culpa, sin saber por qué.

Dicen que tiene que ver con que soy el séptimo hijo varón, y ese es mi destino. Sólo sé que debe ser una noche difícil, aunque no sea consciente. Cuando me va a ocurrir, experimento sensaciones físicas raras, y lo último que recuerdo, antes de perder el conocimiento, es que, al otro lado de la ventana, una luna espléndida, brillante, llena de luz me llama, sin que yo pueda hacer nada más que dejarme ir.

 

Más relatos, en la quietud de la noche, en casa de Mónica

jueves, 24 de mayo de 2012

Los replicantes

Replicante

Siempre había creído aquello de que en algún lugar del mundo hay alguien igual que tú. Que todos tenemos un doble. De hecho, quién no ha sido abordado por alguien para decirle luego, “disculpe, creí que era fulano, me he equivocado, se parece usted mucho”.

Pero esto era distinto. No sólo tenía mis rasgos físicos. Además pensaba igual que yo. Decía tener la misma familia que yo. Era una copia exacta. Me confesó que estaba enamorado de Ana, igual que yo, que trabajaba en una multinacional informática, como yo. Tenía mi edad, ¡había nacido el mismo día que yo!

No me podía estar pasando. Me pellizqué, pensando que era un sueño. Parpadeé varias veces queriendo despertar. Pero ahí estaba.

Me lo había encontrado casualmente, por la calle. Nos miramos y no pudimos evitar pararnos y conversar. Nos hicimos preguntas, a las que cualquiera de los dos contestaba igual. Nos contamos nuestra historia y nuestros deseos, comunes en ambos casos.

Sólo había una cosa que me reveló y que yo desconocía. Él era el elegido. Me dijo que todos los seres tenían sus clones, sus replicantes. Y que, a cierta edad, sólo podía continuar viviendo uno, que un destino no se puede compartir. Los dos no cabíamos en el mundo. Así es que, me apuntó el camino y no tuve más remedio que hacerle caso. Hubiera sido impensable seguir viviendo, sabiendo que yo no era el auténtico.

 

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