Era una tarde de invierno. Nos encontrábamos en clase de Antropología Social. Estudiaba en la Complutense. En esos años, la Transición española era considerada por casi todos como un éxito. Hablaban de reconciliación. Yo más bien creía que había sido una claudicación.
Allí sentados, mientras que el profesor nos explicaba los valores de una determinada cultura amazónica, alguien entró sofocado y dijo:
“La guardia civil acaba de tomar el Congreso de los Diputados”
Nos miramos, incrédulos ante ese aviso. Oscar y yo nos levantamos y fuimos a la cafetería, allí ya se estaba comentando el hecho. Se hablaba de una nueva dictadura, de la vuelta al régimen anterior. Las noticias eran confusas y los bedeles anunciaban que se cerraba la Facultad.
Margarita nos acercó con su coche a Moncloa, y allí Oscar tiró para su casa y yo me dispuse a tomar el autobús hasta la mía. Vi pasar un grupo de exaltados con la bandera franquista que, desde la otra acera, gritaban vítores al ejército y a la guardia civil. Al verme, me dijeron:
Pronto te vamos a cortar la barba, esa barba de rojo que te delata.
Me estremecí y creí por un momento que iban a cruzar, pero no, siguieron su camino cantando canciones franquistas y falangista. Llegó el autobús y subí.
En el trayecto me dio tiempo para pensar. Volvíamos al pasado. Otra vez, el país en blanco y negro. ¿Podría vivir esa nueva etapa oscura? Nuestros sueños de nuevo se fueron al garete. Llegué a casa, donde Lola, con mis hijos estaba esperándome impaciente y con la tele puesta.
Este país no tiene futuro, le dije. Si esto triunfa nos vamos a Italia. Aquí ya no podremos vivir.
Fue una noche confusa, pero entendimos que todo había sido un susto cuando empezamos a ver salir guardia civiles por la ventana del Congreso. Se entregaban sin condiciones.
Entonces, entendí que todavía había un peligro grave. Que era posible un retroceso real, una involución. Pero también, que había que quedarse, porque este era mi sitio, a pesar de todo.
Más recuerdos… en casa de Mari Jose