miércoles, 9 de enero de 2013
Los mayores amores
Tiemblo sólo de pensar en la cita. Me he acicalado lo mejor posible. Me espera y no puedo defraudarla. Me costó convencerla, pero por fin ha accedido.
Hoy, el día de mi cumpleaños, llegaremos a mayores. Me estremezco al recordar cómo son sus caricias, sus manos, sus labios dulces como miel. Su lengua húmeda y cálida. Sus ojos claros y sinceros. Ahora toca descubrir el resto. He disfrutado de sus palabras, de su compañía, de sus ironías y sus bromas, de sus besos y sus abrazos, pero todavía queda más.
Desde que me ha dicho que sí, han pasado dos días y me han parecido siglos. Me he arreglado en menos de una hora que me ha parecido un año. Y he tardado en llegar aquí diez minutos que me han parecido una eternidad.
La primera prueba ha pasado. Y ahora estoy esperándola en esta cafetería en la que nos conocimos. No he podido dormir en toda la noche, soñando con ese momento. Por fin, iré a su casa y allí podríamos ser los dos uno. Abrazarla desnuda y soñar despierto.
Es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho en toda mi vida. Y eso que hoy llego a los ochenta.
Más relatos sobre mayores en casa de Gus
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La vida es sueño
Se despertó. Eran las siete y se levantó. Entraba a las nueve y había un buen trecho hasta la oficina. Después del desayuno frugal, salió camino del autobús.
Llegó pronto, eran las nueve menos diez. Y, asombrado, se encontró con la oficina cerrada. No era normal. Siempre había gente que venía antes. Además, el conserje entraba a las ocho. Decidió bajar al portal y esperar.
Después de veinte minutos, llamó a Laura, a Jesús, a Luisa, a todos los teléfonos de compañeros que tenía. Ninguno contestó. Siguió esperando, eran ya las diez y no sabía qué hacer, cuando a lo lejos vio que venía su jefe.
--Horacio, ¿qué hace aquí?
--Que, ¿qué hago aquí? Lo de siempre, he venido a trabajar.
--Pero, si hemos cerrado, yo mismo se lo comuniqué ayer y le di el finiquito.
Se quedó en blanco, sin decir nada, anonadado por la noticia.
En ese momento sonó el despertador. Se había vuelto a dormir. Encharcado en sudor y con desasosiego miró el reloj. Eran ya las ocho y cuarto, hoy por primera vez llegaría tarde a la oficina. Una pesadilla tremenda, pero una pesadilla, ¡menos mal!
En la mesilla de noche todavía quedaba la causa de su sueño. Un libro, “La vida es sueño”, que le había tenido despierto, leyéndolo, hasta las tantas.
No hay nada más peligroso que soñar soñando, pensó.
Más sueños en casa de Teresa
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Juntando letras: un placer
El amigo Gustavo nos ha puesto como tarea juevera de esta semana, escribir sobre el título del blog. Y así lo he hecho.
Qerida familia:
Esta es mi primera carta. Lo e consegido. Se que no esta bien escrita pero perdonarme. Nunca abia escrito ninguna. Y aora me doi cuenta de lo qe me e perdido.
Es un placer poder guntar letras para decir algo. Un placer qe no abia tenido ocasion de conocer. Al final e podido consegirlo y malegro. Mayudado mi amigo Nico qes maestro y a tenido mucha paziencia.
E aprendido para despedirme. Por que esta es mi primera y mi ultima carta. A penas os veo y no queria irme sin deciros a dios. Vosotros fuisteis todo para mi y queria deciroslo y daros las gracias.
A mis ochenta y cinco añios me a costado aprender pero lo e conseguido. Antes de morir, os puedo degar por escrito algo que no borrara el tiempo: Os qiero mucho a todos. Gracias por aberme soportado.
Aurelia
Esta carta fue encontrada en la mesilla de una habitación de un asilo, cuando Doña Aurelia, así la conocían todos, acababa de morir. En el sobre, ponía a quién iba dirigido:
A mis ijos, a los qe no veo desde ace añios
Más relatos sobre los títulos de los blogs jueveros en casa de Gustavo, alias Juliano el Apóstata
jueves, 13 de diciembre de 2012
¡Se vende!
Siguiendo la consigna de este jueves, este relato ha sido escrito a cuatro manos, Rafa y Gaby, uniendo orillas e imaginación.
"Están vendiendo el amor y la alegría
lo anuncian con luces de mercurio
y una música miente
la fabulosa leyenda
de lo eterno.
He de entrar,
y si queda aún, me llevaré
un metro de amor y un par de risas"
(Jorge Arbeleche)
No sabía bien si por ingenuidad o necesidad, seguía buscando esa tienda milagrosa donde se compra lo inmaterial. Nada de artefactos ni tecnicismos, nada manual ni artesanal, a veces es el alma la que precisa ser obsequiada con un puñado de razones y un retazo de aliento, y si es posible, con aire del mar.
Las calles tan grises, iban cobrando matices de la tarde -una tarde que se desprendía del cielo con destellos y fulgores. El andar cansino parecía teñirse de cierto optimismo y la mirada se iba reanimando al dejarse llevar por las vidrieras de los comercios, presintiendo tal vez, que llegaría al dichoso escaparate que pusiera fin a mi búsqueda. Y allí le vi... con el cartel de "SE VENDE"... Sin dudas hay emociones que no tienen precio.
Tuve un momento de dudas. Me encontraba parado en la puerta. Mis piernas estaban totalmente inmóviles, mi cerebro no era capaz de ordenar qué debían hacer.
Conseguí entrar a duras penas. Y pude ver lo que allá había. A un lado, ánforas blancas con carteles pequeños donde se podía leer: Paciencia, Emoción, Amor, Solidaridad, Felicidad. Al otro, vasijas anchas de color negro con rótulos chicos: Envidia, Odio, Desesperación, Desventura, Egoísmo.
Y al fondo un mostrador con un dependiente. Me acerqué y le pregunté el precio.
Todo costaba lo mismo, un gramo valía un día de vida, pero la compra de cualquier elemento de las ánforas blancas llevaba consigo, obligatoriamente, la misma cantidad de las vasijas negras. Esa era la oferta explicaba el empleado. Una venta justa, me dijo.
Siempre recordaré ese sueño. Me hizo comprender tantas cosas…
Rafa y Gaby
Otros relatos “se vende” a cuatro manos en casa de San
jueves, 29 de noviembre de 2012
A la luz de una vela
Era un fiesta espléndida. Había gente de toda clase y condición. Seríamos unas cuarenta personas. Sonaba música de los noventa, rock de los noventa. Yo había bailado toda la tarde y, cansado, me senté en un sofá. A mi lado había una mujer rubia, preciosa, que me saludó y me miró fijamente.
Fue entonces cuando se fue la luz. No me extrañó. Había una tormenta fuera y se podían escuchar los truenos. Una casa de campo es frágil, la luz se va fácilmente. Así es como la casa se quedó a oscuras.
Noté que me acariciaba la mano. Suave y con cariño. Luego se acercó, rozándome con sus piernas. La quise imaginar. Apenas la había visto, y la quería recordar. Sí, era bella, ojos azules, color castaño claro, una blusa marrón, los labios pintados de color violeta. Trataba de rehacer su imagen en mi memoria, mientras sentía que me acariciaba la cara y me pasaba la mano por el contorno de mis labios. Yo me dejaba hacer. Estaba a punto de estallar y de abalanzarme sobre ella, cuando alguien encendió una vela.
Pude ver la figura de un hombre a mi lado. Moreno, me miraba sin pestañear, con deseo. Estaba junto a mí y me tenía cogida la mano. Me levanté asustado. Y, vergonzosamente excitado, me marché deprisa.
Luego, más tranquilo, reflexioné y pensé en que podía haber terminado aquello, sin esa luz de la vela o a la luz de aquella vela, quién sabe.
jueves, 22 de noviembre de 2012
Arte paralelo
No recordaba como había empezado la cosa, pero llevaba haciéndolo desde hacía más de treinta años. Al principio lo practicaba con algunos amigos y amigas, luego también solo. Le decían que era aburrido, que no podían comprenderlo, pero él continuaba.
Y así muchos años, casi a diario. Ya no podía vivir sin practicarlo. Era algo que necesitaba, que le faltaba cuando no lo hacía. En esos momentos sentía subir la adrenalina y podía pensar y reflexionar mejor sobre cualquier cosa. Durante su práctica le habían surgido las mejores ideas, las soluciones a sus problemas. Entendía lo que antes le había sido incomprensible. Razonaba como no lo hacía normalmente. Salía de un mundo para entrar en otro.
Sin saber cómo, se había convertido en su droga. Era su arte paralelo (lo de arte es mucho decir). Y le gustaba. Así es que, todos los días, en invierno o en verano, con lluvia o viento, con calor o nieve, no se lo pensaba. Se ponía el calzón, la camiseta y las zapatillas, y salía a correr. No era una cuestión competitiva, era simplemente vital. Su tiempo mejor aprovechado. Era su momento ‘reset’. Mientras que se lo permitiera la salud, seguiría corriendo, estaba voluntariamente enganchado, y eso que nunca se había dopado. Necesitaba reiniciarse todos los días.
Más artes paralelos y aficiones en casa de Gastón
jueves, 15 de noviembre de 2012
Una de tres: La tragedia de la marioneta
No conseguía encontrar la razón. Había hecho todo lo posible por caminar por los cauces establecidos. Cumplió con todas sus obligaciones. Siempre aceptó lo que su mujer le impuso. Pagó todos sus impuestos, siguió al pie de la letra todas las normas y leyes, nunca le pusieron multas. Era un ciudadano ejemplar.
En el trabajo había sido cumplidor. Siempre hizo todo lo que le ordenaron. Sus jefes sabían que se podía contar con él. Trabajador, disponible y obediente. ¿Qué más podían pedir? ¿No era suficiente? Era un empleado ejemplar.
Pero llegó la crisis, una crisis imparable, agresiva, violenta, capaz de llevarse todo por delante. Y la empresa tuvo que prescindir de algunos trabajadores. Le llamó el director y le agradeció los servicios prestados, al tiempo que le entregaba su carta de despido. ¿Por qué él?
En su casa, todo cambió. Por problemas económicos ya no podía decir siempre sí a su mujer. Y ésta se cansó y le abandonó. Hacienda le mandó un escrito en el que le multaba porque su declaración anual tenía un error. Él juró y perjuró que había sido una equivocación involuntaria. Pero dio igual.
Su destino había girado ciento ochenta grados. ¿De qué le había servido ser honesto con su país, obediente en su empresa y complaciente con su mujer? De nada.
Y, entonces se dio cuenta de que en su trabajo le habían despedido porque sabían que no iba a protestar. Que en Hacienda sólo obtienen amnistía los ricos. Que había sido un calzonazos y que su mujer nunca le quiso, salvo porque siempre le daba todo lo que deseaba.
Era tarde, pero entendió que se había equivocado. Ahora comprendía por qué sus compañeros, sus amigos, su gente, le llamaban el Marioneta.
Más historias: “Una de tres”, en casa de Mónica
jueves, 8 de noviembre de 2012
Volvemos en seis minutos…
Siempre igual. Y no lo conseguía. No sabía cómo, pero llegaba tarde. Parecía mentira que otros con peor apariencia fueran más rápidos. Siempre se perdía algo de la película. La puñetera próstata.
Estaba harto de levantarse rápido para llegar más tarde. Y es que todos esperaban los anuncios de la tele para ir al baño. Para ir al único baño que había en el asilo.
Bastaba que apareciera el “volvemos en seis minutos” y todos al váter. Llegaba y siempre encontraba, delante de él, a otros tres o cuatro ancianos que esperaban su turno. ¡Maldita gracia! Cuando volvía a la sala de la televisión, ya hacía unos minutos que se había reanudado la película.
Tenía que hacer algo. Era una cuestión de principios. Todos los días lo mismo. Necesitaba demostrarse, a sí mismo, que podía hacerlo.
Un día, cuando apareció el anuncio “volvemos en seis minutos”, se oyó un grito: ¡Fuego! Los ancianos se dirigieron asustados a la puerta. Él, consciente de su travesura, se levantó con tranquilidad y fue al baño, sabedor de que en esta ocasión podría ver su película favorita entera. Por una vez lo había conseguido.
Más historias de la tele en casa de Juliano
miércoles, 31 de octubre de 2012
Halloblogween 2012
El día de los Muertos
Dicen que todos los días uno de noviembre se acercaba al cementerio. Y que caminaba por él, en busca de dos o tres lápidas. Se paraba delante de una y depositaba un ramo de crisantemos y de rosas rojas. Después de arrodillarse y rezar durante unos minutos, se levantaba y seguía su camino, hasta la siguiente.
Había gente que lo veía venir, año tras años, y que se extrañaba de que cada año eligiera distintas lápidas para depositar sus flores. Unos decían que era un loco. Otros pensaban que cumplía una promesa. Algunos creían que era una especie de recadero de los que no podían visitar ese día el lugar, y querían dejar su homenaje a alguna persona querida.
Pasaron más de treinta años y la ceremonia se repetía. Y llegó un día en que los asiduos al cementerio lo echaron de menos. ¿Qué habría pasado? ¿Estaría enfermo? ¿Se habría ido de la ciudad?
Ese año vieron a mucha gente que llevaba una calabaza en la cabeza dirigirse hacia la zona nueva del cementerio. Un curioso les siguió y llegó hasta una tumba. Se abrió paso entre varios de los disfrazados y pudo leer el epitafio:
Aquí yace quien honró a sus muertos. Los maté pero los recé.
Fui un criminal con corazón. Hoy me ha llegado la hora.
Espero que ellos me devuelvan la visita.
Y en una hoja de periódico plastificada, pegada a la lápida, se podía leer este titular:
Ha fallecido Francisco García Rodríguez, conocido como “El Halloween”, presunto jefe de la mafia local, a quien se le atribuye decenas de asesinatos.
Más historias de Halloween en casa de Teresa
jueves, 25 de octubre de 2012
Colores
Sentía los colores de forma especial. El verde de los prados y campos, y de muchos mares. Era capaz de percibir el azul del firmamento despejado y del Mediterráneo. Ese rojo amapola y de sangre de toro. El amarillo que desprende el sol con el que riega los montes. El blanco de la nieve y de la leche, y el gris de los otoños lluviosos.
Se había dedicado toda su vida a descubrirlos. Y lo había conseguido. Hoy podía reconocer la alegría o la tristeza por el color que percibía. Fueron muchos años de estudio, de amor a los colores, pero estaba satisfecho, había llegado a las entrañas del arco iris.
Bastaba que alguien le describiera el color matizado de cualquier ser vivo para descubrir si estaba enfermo o sano, si necesitaba de algún remedio o no. Su destreza le hacía pasar por un decorador adelantado, siempre era capaz de aconsejar, con acierto, qué colores deberían dominar en una estancia, en una fachada de una casa o en un parque de la ciudad.
Era considerado un experto. Y todo lo debía al estudio y la intuición, y a su interés. Había traspasado el mundo de los sentidos y había aprendido a dominar y a amar los colores, a pesar de su ceguera.
Más relatos sobre colores en el Daily Planet’s
jueves, 18 de octubre de 2012
De libros
Sus hijos le regalaron un lector electrónico de libros. Le dijeron que era lo mejor para un lector compulsivo como él. Tenía aplicaciones que superaban con creces la simple lectura. Diccionario, posibilidad de subrayar o de tomar notas, y sobre todo ahorro de espacio. Un espacio que ocupan los libros de papel. Una maravilla. La posibilidad de tener más de mil libros en un formato de 17 x 11 x 0,8. ¿Se puede mejorar?
Todo eran ventajas. Así es que el buen hombre decidió aprender a manejar el artefacto. Fácil, era increíblemente fácil. Tipos de letra distintos, más comprensibles, cuerpo mayor que facilitaba la lectura, y a leer.
El lector venia con 50 libros clásicos. Así es que sin más dilación, se dispuso a utilizarlo. Estaba encantado. Eligió La Regenta. Hacía tiempo que quería releerla. Y empezó con avidez. Le pareció maravilloso. Era magia, un pequeño rectángulo que podía contener la ilusión de cientos de libros. Se leía bien. Un invento útil. ¡Una maravilla!
Apenas llevaba cuatro páginas y Vetusta le pareció distinta, y la novela, otra novela. Le faltaba algo. Recordaba el tacto de los libros de papel, esas hojas que se resisten a que las pasemos, y, ese olor de libro recién abierto ¿dónde estaba? Empezó a pensar en la edición de 1930 que tenía en su librería, con pastas duras y con hojas deterioradas. Y se paró. Trato de abrazar ese artefacto pero no sintió nada. Era frío. Y se dio cuenta.
Dejó el lector en la mesilla y se dirigió a la biblioteca. De allí arranco el ejemplar de La Regenta y lo abrazó. Lo olió y lo toco. Y empezó a leer, con lágrimas en los ojos:
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte…
Mas historias de libros en casa de Rochie
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Mirada retrospectiva
Había llegado al pueblo de mi abuela, como en otros veranos. Un pueblo que cruza el río Badiel, al que mi hermano y yo íbamos a pescar cangrejos. Tendría por aquella época unos seis o siete años y mi hermano tres más.
Era una actividad reconfortante, había que meterse en el río para atraparlos. Después, nuestra madre se preocupaba de cocinarlos y nosotros compartíamos el festín.
No tenía gran dificultad la tarea. Bastaba llevarse un cesto de mimbre grande, se colocaba en medio del río en contra de la corriente, cubría poco, cuarenta o cincuenta centímetros, uno lo sujetaba y el otro venía unos metros pisando con fuerza, lo que hacía que los cangrejos asustados corrieran a favor de la corriente, encontrándose dentro del cesto apresados. Bastaba sacar el cesto y allí estaban los cangrejos vivos que habían caído en la trampa. Se vaciaban en una bolsa y a seguir con el cuento.
Pero también había otra manera. Muchos cangrejos se encontraban en sus guaridas, agujeros que podías ver en las paredes del río. Entonces mi hermano, mayor y con más astucia que yo, me decía:
Anda Rafa mete la mano, tú que la tienes más pequeña y entra mejor, ya verás, no pasa nada.
Sí que pasaba, y el que caía en la trampa era yo, que en muchas ocasiones sacaba la mano, chillando, con un cangrejo colgando de algún dedo. Y así pesqué unos cuantos. Cada vez que ocurría, mi querido hermano se reía y me lanzaba piropos por ser un gran pescador. Su mayor edad y su desparpajo hicieron que picara una vez tras otra.
A pesar de todo, o quizá por esas pequeñas cosas, nunca olvidaré, el olor del camino del río, a espliego, a moras, a higos y a huerta. Y aquellos cangrejos que cocinaba mi madre, acompañados de una salsa picante. Una delicia.
Para seguir echando la vista atrás, visitad a Pepe
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Teatro, máscaras y apariencias
Había sido actor. Llegó a alcanzar una cierta fama, gracias a sus dotes dramáticas. Pero aunque tenía un físico que le acompañaba, su atracción amorosa la consiguió sobre todo por su voz, por su forma de hablar. Con acento tierno pero resuelto, había doblado a los mayores amantes de la historia del cine. Gary Grant, James Steward, Clark Gable, entre otros.
Las mujeres le admiraban, más de una se había prendado de él. Recibía decenas de cartas a diario que le solicitaban una cita, un beso, una noche inolvidable. Nunca se supo si alguna tuvo respuesta.
Un día fatal, conduciendo su Lamborghini se salió de la carretera en una curva, muriendo al instante. Muchas mujeres le lloraron amargamente, su muerte fue un duelo nacional. En la plenitud de la vida había desaparecido el mito.
Los estudios de cine donde trabajaba instalaron la capilla ardiente en uno de sus amplias salas. Fueron muchos los que por amor, por curiosidad o por ambas cosas, pasaron a tributarle el último homenaje.
Al día siguiente se celebró el sepelio. Una vez enterrado, un amigo abogado se dirigió a la multitud asistente:
‘Con su permiso quisiera leerles una carta que dejó Martín para ustedes’
A mi público:
Que nadie crea que esto ha sido un accidente. Fui yo el causante de mi muerte. No podía aguantar más. He vivido una vida falsa, he vivido otra vida. He querido mantener una situación insostenible y hasta aquí he llegado.
Podía haber seguido engañándoles, pero ha llegado el momento de sincerarme. Y perdónenme por todo. Pero la cuerda de la mentira me apretaba demasiado. Mantener lo que no fui me era ya imposible. No hubiera podido decírselo en vida. Mi voz grave y mis movimientos varoniles me ayudaron; pero soy, era, fui una mujer.
Martina
Más teatro, máscaras y apariencias en casa de Neo
jueves, 23 de agosto de 2012
Fotografía inspiradora: Una taza de café
Esperaba con impaciencia. Había pedido una taza de café. Leía el periódico, mientras el Café se iba llenando de gente. A las cinco, esa era la hora. Eran menos tres minutos. No la conocía, se trataba de una cita a ciegas. Sin embargo, algo le decía que había valido la pena. En Internet, allí la había conocido.
Las cinco y cinco. Una mujer se acercó a su mesa. Le miró y le preguntó la hora. A continuación, se sentó. Cuando llegó el camarero, ella, con voz firme, pidió: Dos tazas de café, por favor. La miró y le dijo: No tomo café a estas horas, no podría dormir. Ella, le cogió la mano y mirándole a los ojos, le dijo: No seas tímido. De eso se trata.
Desde entonces, con o sin ella, toma una taza de café a las cinco, todos los días. Y duerme de un tirón.
jueves, 16 de agosto de 2012
El calor
Todos los años esperaba que llegara el verano. Ese tiempo que le hacía salir de la rutina. Un tiempo de ocio, de vacaciones, de cambiar el ritmo, de descansar. Sólo había un problema: el calor. Su enemigo acérrimo, no podía con él.
Pero este verano sería distinto, había decidido instalar el aire acondicionado en casa. Claro que esos gastos tenían que salir de algún sitio. Así es que Luis decidió cambiar comodidad por viaje de vacaciones. Se quedaría en casa, pero a cambio, finalmente, tendría un verano agradable, sin calor.
Dicho y hecho, se lo instalaron. Aquel día, empezaba sus vacaciones. Volvía soñando con ese aire fresco. Entró en la casa, y sin tan siquiera ponerse cómodo, se dirigió al interruptor del aire y pulsó el ‘on’. Pasaron diez segundos, veinte, un minuto, dos, pero el aparato no funcionó. Desesperado se lanzó sobre el teléfono y marcó el número de la tienda donde lo había comprado. No contestaron, eran las nueve de la noche y estaba cerrada.
Pasó la noche despierto, soñando con el aire que le habían instalado pero que había faltado a la cita. Al día siguiente a las diez de la mañana llamó a la tienda. A la sexta llamada colgó y volvió a intentarlo. Nada, no contestaban. Frenético, impaciente y cabreado se vistió y se dirigió allí.
La sorpresa cuando llegó fue mayúscula, apenas su ira le dejó leer un letrero que habían colocado: CERRADO POR REFORMAS, DESDE HOY 15 DE JULIO HASTA EL 15 DE SEPTIEMBRE, PARA CUALQUIER GESTIÓN ESPEREN HASTA ESE DÍA. GRACIAS.
Para más historia sobre el calor, vayan a casa de Mari Jose
jueves, 9 de agosto de 2012
Recuerdos, sueños, pensamientos
Era una tarde de invierno. Nos encontrábamos en clase de Antropología Social. Estudiaba en la Complutense. En esos años, la Transición española era considerada por casi todos como un éxito. Hablaban de reconciliación. Yo más bien creía que había sido una claudicación.
Allí sentados, mientras que el profesor nos explicaba los valores de una determinada cultura amazónica, alguien entró sofocado y dijo:
“La guardia civil acaba de tomar el Congreso de los Diputados”
Nos miramos, incrédulos ante ese aviso. Oscar y yo nos levantamos y fuimos a la cafetería, allí ya se estaba comentando el hecho. Se hablaba de una nueva dictadura, de la vuelta al régimen anterior. Las noticias eran confusas y los bedeles anunciaban que se cerraba la Facultad.
Margarita nos acercó con su coche a Moncloa, y allí Oscar tiró para su casa y yo me dispuse a tomar el autobús hasta la mía. Vi pasar un grupo de exaltados con la bandera franquista que, desde la otra acera, gritaban vítores al ejército y a la guardia civil. Al verme, me dijeron:
Pronto te vamos a cortar la barba, esa barba de rojo que te delata.
Me estremecí y creí por un momento que iban a cruzar, pero no, siguieron su camino cantando canciones franquistas y falangista. Llegó el autobús y subí.
En el trayecto me dio tiempo para pensar. Volvíamos al pasado. Otra vez, el país en blanco y negro. ¿Podría vivir esa nueva etapa oscura? Nuestros sueños de nuevo se fueron al garete. Llegué a casa, donde Lola, con mis hijos estaba esperándome impaciente y con la tele puesta.
Este país no tiene futuro, le dije. Si esto triunfa nos vamos a Italia. Aquí ya no podremos vivir.
Fue una noche confusa, pero entendimos que todo había sido un susto cuando empezamos a ver salir guardia civiles por la ventana del Congreso. Se entregaban sin condiciones.
Entonces, entendí que todavía había un peligro grave. Que era posible un retroceso real, una involución. Pero también, que había que quedarse, porque este era mi sitio, a pesar de todo.
Más recuerdos… en casa de Mari Jose
jueves, 12 de julio de 2012
El cinco es mi vida
Siempre tuve amor por los números. No me importa reconocerlo. Dicen que es una obsesión, pero no, yo he sustituido el amor humano por el amor perfecto, el numérico.
Todo tiene relación. Todo se cuenta. Todo es numerable. Lo que dicen que no es numerable lo llaman infinito, pero no es sino la forma de expresar la incapacidad de la mente humana para ir más allá de ciertos límites.
Los números, aunque casi nadie lo sepa, están vivos. Me hablan, son capaces de producirme placer, llanto o simplemente diversión. Son mis amigos, mi gente. Hace años que no hago otra cosa que vivir entre ellos.
Pero no todos los números son iguales. Yo tengo debilidad por los números primos. Sí, ya sé que no se relacionan con otros, por eso los quiero, son como yo, solamente sirven para mirarse en un espejo y no comparten nada con nadie, salvo con el número uno que para eso es el número uno.
Y dentro de los primos, enseguida encontré el que me apasiona. Su tabla de multiplicar es como un poema. En la escuela la cantaba con placer. Me refiero al cinco.
¿Qué sería de nosotros sin el cinco? No existiría el pentagrama. ¿Cómo pronunciaríamos sin las cinco vocales? Sin Pentateuco no habría Biblia ni Torá. Muchas flores carecerían de esos cinco pétalos tan bellos. ¿Alguien se imagina una estrella de mar que no tenga cinco brazos? ¿Y la vida? ¿Valdría la pena si los sentidos no fueran cinco?
Y es que donde haya un cinco… También tiene que ver con mi estado actual. No todo el mundo me entendía ni me entiende. Y fueron cinco los que me llamaron locos. Los que se burlaban, se reían de mí, constantemente. No lo podía aceptar.
Esperé al día cinco del mes cinco y agarrando una horca de cinco puntas terminé con los cinco. Se lo tenían merecido. Hoy, han pasado cinco años, me levanto a las cinco de la mañana y rezo encerrado en esta habitación cinco veces al día por el alma de aquellos cinco desgraciados. Pero no me arrepiento, no tuve más remedio, tenía que defender al cinco, con mis cinco sentidos.
Más historias sobre el Cinco en casa de Juan Carlos
jueves, 21 de junio de 2012
Mis jueves
El jueves siempre fue para mí, un día más. Los lunes eran días malos, la vuelta al trabajo, después del fin de semana, no dejaba de romperte el ritmo cuando lo que deseaba uno era ejercer de vago. Los viernes y los sábados siempre fueron mis días preferidos. El viernes olía a fin de semana y se palpaba el ocio. Y el sábado era el mejor día, se disfrutaba, se descansaba y además era fundamental saber que todavía quedaban veinticuatro horas –el domingo—, antes de volver al suplicio.
Así pensaba antes, cuando tenía obligaciones. Hoy que ya ha acabado mi vida laboral, una de las grandes ventajas que encuentro es que todos los días son iguales. Para mí, siempre es domingo o fiesta, por tanto, tengo poco interés en saber en qué día vivo. Es más, muchas veces debo hacer un esfuerzo para adivinarlo.
Pero sí que tengo un día especial en la semana: el jueves. El jueves dedico un poco de tiempo a juntar letras, ese día pretendo salirme de mi cita habitual con la blogosfera. Y, además de escribir sobre política --lo que hago todos los días en mi otro blog--, encuentro un hueco preciado para hablar del tema del jueves. Temas diversos. Es el momento juevero.
Es un virus, sin duda. Y cuidado que se contagia. Yo sé quien me lo pegó. Se llama Mónica y se hace llamar Neogeminis. Es la culpable. La sigo desde hace bastante tiempo. Me gusta mucho como escribe y ella siempre ha sido fiel a su cita juevera. Y debió ser hace unos tres meses cuando éste virus me alcanzó y decidí,escribir algo más que de política. Juntar palabras para hablar sobre un tema. El que sea. Es una forma de hacer un ejercicio y, aunque no tenga el talento de otros, me gusta y me acerca a los demás jueveros.
Por eso estoy aquí, por eso existe este blog. Por eso estoy empezando a conocer a otras gentes locas por los jueves. Y recuerden, del contenido me hago responsable, pero de estar aquí, de ser juevero, mucha culpa la tiene Mónica. Ella me lo ha contagiado.
Más sensaciones jueveras en The Daily Planet’s Bloggers
jueves, 7 de junio de 2012
Relato encadenado
Hoy toca un ejercicio colectivo. Todos los jueveros, hemos escrito una parte de un relato, conociendo solamente lo que ha escrito el juevero anterior. Para leerlo todo hay que encadenar los relatos empezando por el de Encarni, y siguiendo, según se va indicando al final de cada entrada.
Mi parte sigue a la de Juan Carlos, y es ésta:
Era temprano, todavía podría llegar a Ávila para comer. No sabría decir por qué, pero confiaba en esa bruja. En otras ocasiones le había ayudado a desentrañar su futuro. Mientras conducía mantenía presente el recuerdo de Marta. Esa mujer que le había hecho tanto daño. Y como punto final le había entregado un mapa. Un mapa indescifrable.
Aparcó rápido. Tenía prisa. Subió los escalones de los dos pisos, de tres en tres. Y llamó a la puerta. Le abrió Eulalia, quien desde la misma puerta le explicó que su hermana Sonsoles, 'la adivina', había ingresado en un convento de Carmelitas Descalzas, cansada de una vida difícil.
Fue un golpe tremendo, la única persona que le podía ayudar estaba fuera de la circulación. Sin embargo, no se rindió. Jenaro pidió las señas y con la misma prisa que había llegado, volvió hasta el coche.
Se olvidó del hambre y se dispuso a conducir hasta el convento, a las afueras de la ciudad. Lo que no sabía es que todavía tendría que pasar pruebas difíciles para conseguirlo. Habría de pagar un precio alto.
Para seguir completando el puzzle, siga en Matices.
jueves, 3 de mayo de 2012
En la iglesia del Castillo hay que pagar el diezmo
Viví, sirviendo a Fray Toribio. En el castillo, además del Conde y su familia, bella mujer e hijos ilustres, que habitaban en un palacio, había una iglesia pequeña que cubría las necesidades espirituales del lugar.
A mí, se ve que me abandonaron de pequeño, en la puerta de esa iglesia, y fue Fray Toribio quien me vio y me recogió. Apenas tuve seis años empecé a servirle. Yo pretendía aprender a leer y escribir y ser como él, persona instruida, pero siempre se excusaba, no tenía tiempo para enseñarme y además, me decía que los villanos no necesitaban de la lectura y de los conocimientos, que simplemente por el hecho de ser villano se entendía que los placeres eran mundanos y nada tenían que ver con los gozos que nutren el espíritu.
Así es que, me he pasado hasta hoy, que cumplo treinta años, ayudando a este fraile en sus oficios y en todo lo demás. He sido sacristán y monaguillo, cocinero y sirviente, y en mi tiempo libre, que poco me quedaba, me tocaba cuidar de la huerta, puesto que los frailes y gente de alcurnia no se dedican a menesteres menores.
Pegarme y maltratarme era una afición de mi amo, cualquier excusa era buena para demostrarme que si vivía era gracias a él, y que le debía todo. Un día encontré a una bella moza y allá, en un rincón de la iglesia, empecé a tontear con ella, quien me entregó su prenda, con gran alborozo por mi parte. Pero mira por dónde, nos descubrió el fraile y me dijo que me apartara, que él tenía que cobrar el diezmo de la moza y terminar la faena. Y me dejo con un palmo de narices y de lo otro.
Después de terminar, me dio una paliza, y no fue porque hubiera fornicado –aunque hubiera sido a medias—, sino porque no le había llamado para pagarle el diezmo. Desde entonces, cada vez que vuelvo a las andadas, llamo al fraile para que se cobre su parte, no vaya a ser que me vuelva a pillar, y le tengo miedo porque me advirtió de que si se lo volvía a ocultar, me mataría a palos.
No me parece justo, así es que el otro día me atreví, me acerqué al prostíbulo y entré, allí pedí que Mariana me acompañara, después de pagarle con una moneda de plata que le robe a mi amo. Se trataba de una prostituta que me había recomendado mi amigo Luciano, para el caso. Me la llevé a la Iglesia, la desnudé y llamé a Fray Toribio, cuya edad, ya provecta, no le impedía tener deseos carnales. Mi amo al ver una mujer desnuda, hizo lo de siempre, o sea rematar la faena, para cobrarse el diezmo.
Hoy, le hemos enterrado, ¡pobre fraile! Se me olvidaba decir que Mariana tenía una enfermedad venérea grave, cuya transmisión provocaba la muerte. Es lo que tiene querer el diezmo siempre, sin revisar primero la calidad del producto que se cobra.
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