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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Teatro, máscaras y apariencias

mascaras

Había sido actor. Llegó a alcanzar una cierta fama, gracias a sus dotes dramáticas. Pero aunque tenía un físico que le acompañaba, su atracción amorosa la consiguió sobre todo por su voz, por su forma de hablar. Con acento tierno pero resuelto, había doblado a los mayores amantes de la historia del cine. Gary Grant, James Steward, Clark Gable, entre otros.

Las mujeres le admiraban, más de una se había prendado de él. Recibía decenas de cartas a diario que le solicitaban una cita, un beso, una noche inolvidable. Nunca se supo si alguna tuvo respuesta.

Un día fatal, conduciendo su Lamborghini se salió de la carretera en una curva, muriendo al instante. Muchas mujeres le lloraron amargamente, su muerte fue un duelo nacional. En la plenitud de la vida había desaparecido el mito.

Los estudios de cine donde trabajaba instalaron la capilla ardiente en uno de sus amplias salas. Fueron muchos los que por amor, por curiosidad o por ambas cosas, pasaron a tributarle el último homenaje.

Al día siguiente se celebró el sepelio. Una vez enterrado, un amigo abogado se dirigió a la multitud asistente:

‘Con su permiso quisiera leerles una carta que dejó Martín para ustedes’

A mi público:

Que nadie crea que esto ha sido un accidente. Fui yo el causante de mi muerte. No podía aguantar más. He vivido una vida falsa, he vivido otra vida. He querido mantener una situación insostenible y hasta aquí he llegado.

Podía haber seguido engañándoles, pero ha llegado el momento de sincerarme. Y perdónenme por todo. Pero la cuerda de la mentira me apretaba demasiado. Mantener lo que no fui me era ya imposible. No hubiera podido decírselo en vida. Mi voz grave y mis movimientos varoniles me ayudaron; pero soy, era, fui una mujer.

Martina

 

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