Esperaba con impaciencia. Había pedido una taza de café. Leía el periódico, mientras el Café se iba llenando de gente. A las cinco, esa era la hora. Eran menos tres minutos. No la conocía, se trataba de una cita a ciegas. Sin embargo, algo le decía que había valido la pena. En Internet, allí la había conocido.
Las cinco y cinco. Una mujer se acercó a su mesa. Le miró y le preguntó la hora. A continuación, se sentó. Cuando llegó el camarero, ella, con voz firme, pidió: Dos tazas de café, por favor. La miró y le dijo: No tomo café a estas horas, no podría dormir. Ella, le cogió la mano y mirándole a los ojos, le dijo: No seas tímido. De eso se trata.
Desde entonces, con o sin ella, toma una taza de café a las cinco, todos los días. Y duerme de un tirón.