Sentía los colores de forma especial. El verde de los prados y campos, y de muchos mares. Era capaz de percibir el azul del firmamento despejado y del Mediterráneo. Ese rojo amapola y de sangre de toro. El amarillo que desprende el sol con el que riega los montes. El blanco de la nieve y de la leche, y el gris de los otoños lluviosos.
Se había dedicado toda su vida a descubrirlos. Y lo había conseguido. Hoy podía reconocer la alegría o la tristeza por el color que percibía. Fueron muchos años de estudio, de amor a los colores, pero estaba satisfecho, había llegado a las entrañas del arco iris.
Bastaba que alguien le describiera el color matizado de cualquier ser vivo para descubrir si estaba enfermo o sano, si necesitaba de algún remedio o no. Su destreza le hacía pasar por un decorador adelantado, siempre era capaz de aconsejar, con acierto, qué colores deberían dominar en una estancia, en una fachada de una casa o en un parque de la ciudad.
Era considerado un experto. Y todo lo debía al estudio y la intuición, y a su interés. Había traspasado el mundo de los sentidos y había aprendido a dominar y a amar los colores, a pesar de su ceguera.
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