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miércoles, 9 de enero de 2013

Los mayores amores


Tiemblo sólo de pensar en la cita. Me he acicalado lo mejor posible. Me espera y no puedo defraudarla. Me costó convencerla, pero por fin ha accedido.
Hoy, el día de mi cumpleaños, llegaremos a mayores. Me estremezco al recordar cómo son sus caricias, sus manos, sus labios dulces como miel. Su lengua húmeda y cálida. Sus ojos claros y sinceros. Ahora toca descubrir el resto. He disfrutado de sus palabras, de su compañía, de sus ironías y sus bromas, de sus besos y sus abrazos, pero todavía queda más.
Desde que me ha dicho que sí, han pasado dos días y me han parecido siglos. Me he arreglado en menos de una hora que me ha parecido un año. Y he tardado en llegar aquí diez minutos que me han parecido una eternidad.
La primera prueba ha pasado. Y ahora estoy esperándola en esta cafetería en la que nos conocimos. No he podido dormir en toda la noche, soñando con ese momento. Por fin, iré a su casa y allí podríamos ser los dos uno. Abrazarla desnuda y soñar despierto.
Es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho en toda mi vida. Y eso que hoy llego a los ochenta.

Más relatos sobre mayores en casa de Gus

jueves, 13 de diciembre de 2012

¡Se vende!

 

Se vende

Siguiendo la consigna de este jueves, este relato ha sido escrito a cuatro manos, Rafa y Gaby, uniendo orillas e imaginación.

 

"Están vendiendo el amor y la alegría

lo anuncian con luces de mercurio

y una música miente

la fabulosa leyenda

de lo eterno.

He de entrar,

y si queda aún, me llevaré

un metro de amor y un par de risas"

(Jorge Arbeleche)

 

No sabía bien si por ingenuidad o necesidad, seguía buscando esa tienda milagrosa donde se compra lo inmaterial. Nada de artefactos ni tecnicismos, nada manual ni artesanal, a veces es el alma la que precisa ser obsequiada con un puñado de razones y un retazo de aliento, y si es posible, con aire del mar.

Las calles tan grises, iban cobrando matices de la tarde -una tarde que se desprendía del cielo con destellos y fulgores. El andar cansino parecía teñirse de cierto optimismo y la mirada se iba reanimando al dejarse llevar por las vidrieras de los comercios, presintiendo tal vez, que llegaría al dichoso escaparate que pusiera fin a mi búsqueda. Y allí le vi... con el cartel de "SE VENDE"...  Sin dudas hay emociones que no tienen precio.

Tuve un momento de dudas. Me encontraba parado en la puerta. Mis piernas estaban totalmente inmóviles, mi cerebro no era capaz de ordenar qué debían hacer.

Conseguí entrar a duras penas. Y pude ver lo que allá había. A un lado, ánforas blancas con carteles pequeños donde se podía leer: Paciencia, Emoción, Amor, Solidaridad, Felicidad. Al otro, vasijas anchas de color negro con rótulos chicos: Envidia, Odio, Desesperación, Desventura, Egoísmo.

Y al fondo un mostrador con un dependiente. Me acerqué y le pregunté el precio.

Todo costaba lo mismo, un gramo valía un día de vida, pero la compra de cualquier elemento de las ánforas blancas llevaba consigo, obligatoriamente, la misma cantidad de las vasijas negras. Esa era la oferta explicaba el empleado. Una venta justa, me dijo.

Siempre recordaré ese sueño. Me hizo comprender tantas cosas…

Rafa y Gaby

Otros relatos “se vende” a cuatro manos en casa de San

jueves, 22 de noviembre de 2012

Arte paralelo

Aficiones

No recordaba como había empezado la cosa, pero llevaba haciéndolo desde hacía más de treinta años. Al principio lo practicaba con algunos amigos y amigas, luego también solo. Le decían que era aburrido, que no podían comprenderlo, pero él continuaba.

Y así muchos años, casi a diario. Ya no podía vivir sin practicarlo. Era algo que necesitaba, que le faltaba cuando no lo hacía. En esos momentos sentía subir la adrenalina y podía pensar y reflexionar mejor sobre cualquier cosa. Durante su práctica le habían surgido las mejores ideas, las soluciones a sus problemas. Entendía lo que antes le había sido incomprensible. Razonaba como no lo hacía normalmente. Salía de un mundo para entrar en otro.

Sin saber cómo, se había convertido en su droga. Era su arte paralelo (lo de arte es mucho decir). Y le gustaba. Así es que, todos los días, en invierno o en verano, con lluvia o viento, con calor o nieve, no se lo pensaba. Se ponía el calzón, la camiseta y las zapatillas, y salía a correr. No era una cuestión competitiva, era simplemente vital. Su tiempo mejor aprovechado. Era su momento ‘reset’. Mientras que se lo permitiera la salud, seguiría corriendo, estaba voluntariamente enganchado, y eso que nunca se había dopado. Necesitaba reiniciarse todos los días.

 

Más artes paralelos y aficiones en casa de Gastón

jueves, 15 de noviembre de 2012

Una de tres: La tragedia de la marioneta

Una de tres

No conseguía encontrar la razón. Había hecho todo lo posible por caminar por los cauces establecidos. Cumplió con todas sus obligaciones. Siempre aceptó lo que su mujer le impuso. Pagó todos sus impuestos, siguió al pie de la letra todas las normas y leyes, nunca le pusieron multas. Era un ciudadano ejemplar.

En el trabajo había sido cumplidor. Siempre hizo todo lo que le ordenaron. Sus jefes sabían que se podía contar con él. Trabajador, disponible y obediente. ¿Qué más podían pedir? ¿No era suficiente? Era un empleado ejemplar.

Pero llegó la crisis, una crisis imparable, agresiva, violenta, capaz de llevarse todo por delante. Y la empresa tuvo que prescindir de algunos trabajadores. Le llamó el director y le agradeció los servicios prestados, al tiempo que le entregaba su carta de despido. ¿Por qué él?

En su casa, todo cambió. Por problemas económicos ya no podía decir siempre sí a su mujer. Y ésta se cansó y le abandonó. Hacienda le mandó un escrito en el que le multaba porque su declaración anual tenía un error. Él juró y perjuró que había sido una equivocación involuntaria. Pero dio igual.

Su destino había girado ciento ochenta grados. ¿De qué le había servido ser honesto con su país, obediente en su empresa y complaciente con su mujer? De nada.

Y, entonces se dio cuenta de que en su trabajo le habían despedido porque sabían que no iba a protestar. Que en Hacienda sólo obtienen amnistía los ricos. Que había sido un calzonazos y que su mujer nunca le quiso, salvo porque siempre le daba todo lo que deseaba.

Era tarde, pero entendió que se había equivocado. Ahora comprendía por qué sus compañeros, sus amigos, su gente, le llamaban el Marioneta. 

 

Más historias: “Una de tres”, en casa de Mónica

jueves, 21 de junio de 2012

Mis jueves

Mis jueves

El jueves siempre fue para mí, un día más. Los lunes eran días malos, la vuelta al trabajo, después del fin de semana, no dejaba de romperte el ritmo cuando lo que deseaba uno era ejercer de vago. Los viernes y los sábados siempre fueron mis días preferidos. El viernes olía a fin de semana y se palpaba el ocio. Y el sábado era el mejor día, se disfrutaba, se descansaba y además era fundamental saber que todavía quedaban veinticuatro horas –el domingo—, antes de volver al suplicio.

Así pensaba antes, cuando tenía obligaciones. Hoy que ya ha acabado mi vida laboral, una de las grandes ventajas que encuentro es que todos los días son iguales. Para mí, siempre es domingo o fiesta, por tanto, tengo poco interés en saber en qué día vivo. Es más, muchas veces debo hacer un esfuerzo para adivinarlo.

Pero sí que tengo un día especial en la semana: el jueves. El jueves dedico un poco de tiempo a juntar letras, ese día pretendo salirme de mi cita habitual con la blogosfera. Y, además de escribir sobre política --lo que hago todos los días en mi otro blog--, encuentro un hueco preciado para hablar del tema del jueves. Temas diversos. Es el momento juevero.

Es un virus, sin duda. Y cuidado que se contagia. Yo sé quien me lo pegó. Se llama Mónica y se hace llamar Neogeminis. Es la culpable. La sigo desde hace bastante tiempo. Me gusta mucho como escribe y ella siempre ha sido fiel a su cita juevera. Y debió ser hace unos tres meses cuando éste virus me alcanzó y decidí,escribir algo más que de política. Juntar palabras para hablar sobre un tema. El que sea. Es una forma de hacer un ejercicio y, aunque no tenga el talento de otros, me gusta y me acerca a los demás jueveros.

Por eso estoy aquí, por eso existe este blog. Por eso estoy empezando a conocer a otras gentes locas por los jueves. Y recuerden, del contenido me hago responsable, pero de estar aquí, de ser juevero, mucha culpa la tiene Mónica. Ella me lo ha contagiado.

Más sensaciones jueveras en The Daily Planet’s Bloggers