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jueves, 13 de septiembre de 2012

Ojo por ojo…

talión

Era la primera vez que iba allí. Lo hice por curiosidad. Me habían dicho que había cambiado la fiesta. Que ya no era igual. Que valía la pena vivirla.

Me apresuré y llegué temprano. Eran las diez de la mañana. Hacía fresco pero el sol brillaba y amenazaba con ser un día caluroso. Aparqué en la plaza Mayor. Busqué un bar. ¡Qué raro! Todos estaban cerrados. En plenas fiestas y tampoco había nadie por las calles.

Llegue hasta la Iglesia románica que también estaba cerrada. Decidí dar una vuelta por el pueblo. Ni un alma. No podía ser. Entonces, me acerqué a donde se celebraba el festejo. Subí una cuesta, siguiendo las indicaciones que llevaban hasta ese lugar.

Por fin, llegué al campo donde se realizaba el espectáculo. Un prado grande, como un campo de fútbol amurallado con piedras. Tampoco había nadie. Ni un ruido. Todo estaba tranquilo.

De repente oí una estampida. Y vi aparecer a lo lejos una manada de toros que se acercaban a gran velocidad. Apenas tuve tiempo de subirme a un árbol.

Desde allí, divisé a cuatro o cinco cabestros que empujaban a una persona hasta dentro del prado. Le dejaron en el centro, mientras aparecían decenas de toros bravos que empezaron a cornearle sin piedad. Casi no podía creer lo que pasaba. El hombre que era cruelmente empitonado llevaba un cartel que ponía: La vida al revés.

Sonó el despertador. Me di cuenta de que era el día que se celebraba la fiesta del Toro de la Vega. Y, por un momento, lamenté que aquello hubiera sido un sueño.

 

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