Soy noctámbulo. Amo la noche, no sé por qué. Para mí, la oscuridad es mi abrigo, las estrellas mis amigas, la luna mi guía. Mi mundo es lo que puedo abarcar con la vista, por la noche.
Soy tímido, apenas tengo amigos. No pido mucho. Espero el momento en que se pone el sol. Siempre igual. Doy un paseo, me recreo con lo que veo. Los colores durante esas horas cambian radicalmente. Las personas parecen más tranquilas, más enigmáticas. La luna les da otro lustre y la quietud de la noche me hace feliz. Y repito ese hábito, un día tras otro.
Sólo hay un día cada cierto tiempo, en el que me gustaría no amar la noche. En el que es la noche la que me domina. No sé lo que me pasa, no recuerdo nada, pero cuando me despierto al día siguiente, me siento cansado, sucio, con sentimiento de culpa, sin saber por qué.
Dicen que tiene que ver con que soy el séptimo hijo varón, y ese es mi destino. Sólo sé que debe ser una noche difícil, aunque no sea consciente. Cuando me va a ocurrir, experimento sensaciones físicas raras, y lo último que recuerdo, antes de perder el conocimiento, es que, al otro lado de la ventana, una luna espléndida, brillante, llena de luz me llama, sin que yo pueda hacer nada más que dejarme ir.
Más relatos, en la quietud de la noche, en casa de Mónica