Arriba, ninguna de las cuatro habitaciones conservaba un mínimo de decencia. O se caía la pintura, en una, o la ventana estaba descolgada en otra. Las otras dos permanecían vacías desde siempre, aunque parecía que habían sido utilizadas de estercolero. Salvo el primer día, jamás había entrado en ellas. Nunca las necesité. Qué decir del baño, sin luz y sin puerta.
Así es que tenía que decidir, entre vender la casa o hacer obras. No podía continuar allí. Traté de arreglarla y cuando llamé a un albañil, vino una señora y dos hombres vestidos de blanco, y me convencieron. Las obras no son buenas, mejor cambiar de vivienda.
Desde entonces, vivo en esta habitación, toda vestida de blanco, con una pequeña ventana con reja y un colchón en el suelo. Y después de la medicación, me dejan salir al patio todos los días, un rato. Se creen que no les oigo, dicen que esa casa nunca existió, que me la inventé. Pero yo sé, que lo que no quieren es que la repare, porque entonces me iré y ellos no pueden vivir sin mí.
No me importa, lo que me molesta es esta camisa, que de vez en cuando me ponen, y me ata los brazos. Sólo porque les digo que quiero arreglar mi casa. No me dejan. ¡Pura envidia!
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